Nuestra historia
Los hermanos maristas fundamos la Misión de Guadalupe en 1962, a petición del Obispo don Samuel Ruiz García, con el propósito de formar catequistas varones indígenas. Con el apoyo económico de los colegios maristas, acondicionamos la Escuela de Catequistas, realizamos giras de conocimiento de la zona, organizamos cursos para preparar a los catequistas en su labor de servidores de la Palabra de Dios y los acompañamos en su labor apostólica en sus comunidades.

En 1959, llega a la Diócesis el obispo Samuel Ruíz García, a la edad de 35 años. La realidad que se vivía en aquel momento, definió que esta y otras Diócesis en México y América Latina se orientaran por un enfoque de misión. En Chiapas, se hablaba de las “misiones rurales”, en ese tiempo no había caminos, los traslados de los pocos sacerdotes que formaban parte de la diócesis era a caballo con largas jornadas para llegar hasta los poblados más alejados de las ciudades.
El obispo impulsa en 1962, dos escuelas catequéticas: una para mujeres, confiada a las Hermanas del Divino Pastor; y otra, para varones, confiada a los Hermanos Maristas. La Misión de Guadalupe inicia su trabajo en Chiapas el 6 de enero de 1962. En esta fecha tres hermanos maristas llegan a San Cristóbal de las Casas y con apoyo solidario de los colegios maristas preparan el espacio para la formación catequetica.
Los hermanos maristas fundamos la Misión de Guadalupe en 1962, a petición del Obispo don Samuel Ruiz García, con el propósito de formar catequistas varones indígenas. Con el apoyo económico de los colegios maristas, acondicionamos la Escuela de Catequistas, realizamos giras de conocimiento de la zona, organizamos cursos para preparar a los catequistas en su labor de servidores de la Palabra de Dios y los acompañamos en su labor apostólica en sus comunidades.
En esa época, la iglesia latinoamericana se planteó un enfoque de misión, el impulso de una pastoral indígena y la opción preferencial por los pobres. La Diócesis de San Cristóbal, sus agentes de pastoral y los pueblos originarios vivieron la experiencia de transformación de una iglesia que se pronunciaba por la liberación frente a las opresiones, una iglesia que reconoció la capacidad de los pueblos para ser sujetos de su propia historia.
A finales de 1972 se les encomendó a los hermanos maristas acompañar en la región Sureste, trabajando con pueblos indígenas tojolabales, campesinos y mestizos de los municipios de La Trinitaria, Independencia y Las Margaritas. La acción pastoral en la segunda década de su estancia en Chiapas se orientó en el desarrollo integral de las comunidades a través de trabajos para las instalaciones de agua en diversas comunidades y el impulso de 30 cooperativas. El esfuerzo y los logros de estas acciones también se reflejaban en el quehacer pastoral de los catequistas en sus comunidades, en donde ya se anunciaba la palabra de Dios en sus propias lenguas. Comunidades y hermanos maristas, hablaban de un hombre nuevo y una tierra nueva. Pasaron de una educación “asistencialista” a una “concientizadora”.
Al poco tiempo forman parte de iniciativas históricas como el Congreso Indígena de 1974, momento muy importante para la denuncia de la situación de marginación de los pueblos, pero también de propuestas para encaminar acciones de cambio, el proceso educativo pastoral fue en este momento visto como un compromiso para el cambio social para una vida más digna de los pueblos.
A finales de esta década la Misión de Guadalupe cambia su residencia a la ciudad de Comitán y se construye la casa que hasta la fecha se ocupa. Siguen años de mucho dinamismo en la colaboración con el Equipo Sureste de la Diócesis y la Misión Tojolabal, en el constante esfuerzo de responder a retos históricos como la llegada de miles de refugiados guatemaltecos, la creciente conciencia por los derechos humanos e indígenas, y en su momento el levantamiento armado del EZLN.
La mediación de la Diócesis de San Cristóbal en el conflicto armado entre el EZLN y el Estado mexicano, fue muy importante para centrar la atención en las causas que dieron origen al conflicto armado y las respuestas de diversos sectores de la sociedad mexicana y la solidaridad internacional. En muy poco tiempo y con la participación de la iglesia y la sociedad civil, fue posible detener las acciones de represión y dar cauce a los Diálogos por la paz, haciendo especial reconocimiento en las causas justas y estructurales que dieron origen al levantamiento.
Como obispo jTatic Samuel Ruíz concluye su acompañamiento, al cumplir los 75 años de edad. En 1999 inicia una etapa de transición y cambios, el III Sínodo Diocesano forma parte de ese proceso interno de la Diócesis, los pueblos y los agentes de animación pastoral.
El sínodo fue anunciado en julio de 1994, el 25 de enero del 1995 fue la apertura; y de 1996 a 1999 se tuvieron seis asambleas sinodales. En ellas se reflexionaron los temas de: Iglesia autóctona, Iglesia liberadora, Iglesia evangelizadora, Iglesia en comunión, Iglesia servidora, Iglesia bajo la guía del Espíritu.
“Nuestros pueblos, tanto indígenas como mestizos, van ocupando en la historia, el lugar al que Dios los ha llamado, aun en medio del empobrecimiento, discriminación, opresión, injusticia y exclusión en que viven; pero también, desde la fe, con una historia de anhelos y esperanzas hacia la construcción de una sociedad con vida y vida en abundancia. La toma de conciencia de esta realidad de gracia y de pecado, por parte de nuestra Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, ha hecho que poco a poco vayamos construyendo, bajo la guía del Espíritu, una Iglesia autóctona con rostro propio, enriquecida por las diferentes presencias y acciones del Verbo en las culturas y por la unidad de nuestros pueblos, que nace de sus tradiciones y de su fe en Dios; una Iglesia liberadora que camina al lado de los pobres y se solidariza con ellos; una Iglesia profética que anuncia el Reino de Dios y denuncia las injusticias; que proclama la Palabra y celebra los sacramentos; como una Iglesia Servidora en la que sus diversos ministerios brotan del Evangelio y de sus propias tradiciones; como una Iglesia particular, mejor estructurada en sí misma, y siempre en el seno de la Iglesia católica.”
En medio de diversos procesos de búsqueda, los hermanos maristas deciden ampliar su equipo con la presencia de laicos, esta nueva manera de trabajar, genera diversos métodos de trabajo en las distintas zonas. Se impulsan procesos educativos y el caminar de la iglesia autóctona, aprendemos de la organización comunitaria y procuramos el trabajo desde las distintas áreas Diocesanas: la Teología India, la Coordinadora Diocesana de Mujeres (CODIMUJ) y la participación en Pueblo Creyente; entre otras. Hermanos y hermanas de comunidades comprometidos con los servicios de catequesis y formación en salud integral, agroecología, educación básica, derechos humanos y participación de las mujeres, van creando, recreando y viviendo el Evangelio, respondiendo a sus necesidades.
Son muchos los años de experiencia y resistencia, los pueblos y comunidades cuentan con una organización comunitaria que ha permitido este caminar, con la esperanza y el compromiso de responder a las necesidades de la realidad campesina y transformar la vida de niñas, niños, jóvenes y familias de la montaña.
Linea del tiempo
Visión
Ser una comunidad dinámica y comprometida, inspirada y orientada por el carisma marista, el camino de la sinodalidad y el aporte de comunidades indígenas, campesinas y personas con las que formamos comunidad. En busca de una vida más digna de los pueblos, fortalecemos el trabajo orientado a niñas, niños, jóvenes y mujeres.
Misión
Nuestra misión es acompañar procesos integrales de evangelización y educación que dignifiquen a las personas, especialmente la vida de niñas, niños y adolescentes. A través de diferentes ámbitos que les permitan recrear acciones para una vida sostenible.
Nuestra filosofía
Principios y Valores
Somos parte de una iglesia que hace una opción preferencial por los pobres, siendo parte del impulso de una iglesia autóctona. El acompañamiento a comunidades, los procesos formativos y la integración de su equipo será guiada por el Evangelio, en mística de comunidad y armonía con la madre tierra. Potenciando el protagonismo, en especial el juvenil. Trabajando de forma sistémica, tejiendo redes de colaboración, en solidaridad para una vida sostenible. Procuramos metodologías colaborativas, diálogo y construcción común en la diversidad.
Maristas
en el mundo
El Instituto Marista nació el 2 de enero de 1817, en la Valla (Francia), fundado por Marcelino Champagnat con el nombre de Hermanitos de María. La Santa Sede aprobó su creación en 1863 como Instituto autónomo y de derecho pontificio. Respetando el nombre de origen, Hermanos Maristas de la Enseñanza (F.M.S.: Fratres Maristae a Scholis).
Los hermanos maristas son personas consagradas a Dios, que siguen a Jesús al estilo de María, que viven en comunidad y se dedican especialmente a la educación de los niños y de los jóvenes más necesitados.
Presentes en 80 países, los hermanos comparten su misión con miles de laicos que abrazan igualmente el carisma de Champagnat.